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¿Nos hace la IA más idiotas?


9 de julio | Por Juan Merodio

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Hace unas semanas, en una sesión privada con varios directivos en TEKDI, hice una pregunta sencilla. Les pedí que, sin tocar el móvil ni el ordenador, me explicaran cómo estructurarían el lanzamiento de un nuevo producto. Sin ChatGPT. Sin Claude. Sin ninguna IA delante.

Lo que pasó después me dejó pensando varios días.

Tres de ellos se quedaron en blanco. Literalmente en blanco. No es que no supieran la respuesta, es que llevaban tanto tiempo delegando ese tipo de razonamiento en una IA que se habían olvidado de cómo se piensa de cero. Uno me dijo, medio en broma, medio asustado: «Juan, sin ChatGPT ya no sé empezar».

Y ahí está el problema del que casi nadie habla.

la ia nos hace idiotas

 

La paradoja de la tecnología más potente de la historia

Llevamos meses escuchando que la inteligencia artificial es la mayor revolución desde la electricidad. Algunos historiadores de la tecnología, los que se dedican a estudiar este tipo de cosas en serio, la clasifican como una tecnología de uso general. Hasta ahora apenas habían identificado unas dos docenas en toda la historia de la humanidad: la agricultura, la rueda, la escritura, el hierro, la imprenta, la máquina de vapor, la electricidad, Internet. Y ahora, la IA.

Algunos van más allá y dicen que es la tecnología más transformadora desde la revolución neolítica. Es decir, desde que dejamos de ser cazadores recolectores. Casi nada.

Y mira, todo eso está bien. Es probablemente cierto. Pero mientras todo el mundo está obsesionado con cuántos empleos va a destruir, con qué sectores va a reventar y con quién va a salir ganando, hay una pregunta que casi nadie se hace.

 

¿Qué le está haciendo la IA a tu cerebro?

El efecto Flynn al revés

Durante el siglo XX, los psicólogos detectaron algo curioso: cada generación obtenía mejores resultados que la anterior en los test de coeficiente intelectual. Le llamaron el efecto Flynn. Más educación, mejor nutrición, mayor estimulación, más acceso a la información. Subíamos.

Pues bien, desde hace unos años, ese efecto se ha invertido. Las nuevas generaciones puntúan por debajo de sus padres. Los resultados de las pruebas SAT en Estados Unidos, las que se usan para entrar a la universidad, llevan tiempo cayendo. Y los expertos llevan tiempo señalando con el dedo al mismo culpable: el exceso de tecnología.

Escribir a mano produce mejor rendimiento académico que escribir en el ordenador. Tener el móvil cerca, aunque esté boca abajo, reduce tu capacidad cognitiva. Internet nos ha cambiado la forma de recordar las cosas, lo que se conoce como el efecto Google: ya no almacenamos información, almacenamos dónde encontrarla.

Y todo esto era antes de la IA generativa.

Lo que está empezando a aparecer ahora en los estudios académicos es bastante más serio.

 

Lo que pasa cuando te quitan la IA

Hay un patrón que se repite en varias investigaciones recientes y que debería ponernos a todos en alerta.

Los alumnos que usan IA para estudiar obtienen mejores notas que los que no la usan. Hasta aquí, lo esperable. El problema viene después: cuando a esos mismos alumnos les quitas la IA y los evalúas en frío, sacan peores resultados que el grupo que jamás la tuvo. Peores. No iguales. Peores.

Es decir, la IA no solo no les ha enseñado más. Les ha hecho desaprender.

Y no pasa solo con estudiantes. El mismo efecto se ha observado en médicos analizando colonoscopias. Los que llevaban tiempo usando IA para interpretar imágenes, cuando les quitaron la asistencia, eran peores diagnosticando que los médicos que nunca habían contado con esa ayuda.

Es como si la herramienta, en lugar de potenciar la capacidad, la atrofiara. Como un músculo que dejas de usar.

Hay otro estudio todavía más inquietante. Expusieron a un grupo de alumnos a una IA que había sido manipulada para dar respuestas incorrectas. ¿El resultado? La inmensa mayoría aceptó las respuestas sin cuestionarlas. Su pensamiento crítico, ese que se supone que deberían estar entrenando, había desaparecido.

Confiaron en la máquina más que en sí mismos. Y se equivocaron.

 

La rendición cognitiva

Hay un concepto que me parece especialmente útil para entender lo que está pasando: rendición cognitiva. Es cuando dejas de hacer el esfuerzo mental de pensar porque sabes que hay algo que lo hará por ti más rápido y, aparentemente, mejor.

Lo veo constantemente en empresas que asesoro.

Equipos que delegan en ChatGPT la redacción de cualquier correo importante. Mandos intermedios que ya no preparan reuniones porque tienen un GPT que les hace el guion. Comerciales que no se molestan en estudiar al cliente porque les basta con pedirle a la IA un resumen. Y directivos, esto es lo más preocupante, que toman decisiones estratégicas basándose en lo que les escupe una herramienta sin haber pensado el problema por sí mismos.

Todo eso, a corto plazo, parece más productivo. La realidad es que estás vaciando la organización por dentro.

Porque cuando un equipo lleva un año sin tener que pensar, lo que pasa es lo mismo que les pasó a los alumnos: si un día les quitas la herramienta, ya no saben hacerlo. Y peor todavía: cuando la herramienta se equivoca, que se equivoca a menudo, nadie en la sala tiene el criterio para detectarlo.

Ahí es donde empiezan los problemas graves.

 

La calculadora no es lo mismo que esto

Los defensores incondicionales de la IA suelen sacar siempre el mismo argumento: «Esto ya pasó con la calculadora. Y mira, no ha pasado nada, dedicamos el tiempo a cosas más complejas».

Déjame ser directo: no es lo mismo.

La calculadora sustituyó una tarea muy concreta, el cálculo aritmético. La IA generativa sustituye algo radicalmente distinto, que es el proceso de pensar. De estructurar un problema. De argumentar. De escribir. De decidir. De crear.

Si delegas el cálculo, sigues siendo tú quien decide qué calcular y por qué. Si delegas el pensamiento, ya no decides nada. Solo apruebas o rechazas lo que te propone la máquina.

Y eso, llevado al límite, es exactamente lo que describen los estudios sobre creatividad: a mayor uso intensivo de IA, menor diversidad de pensamiento, menor originalidad y menor capacidad para producir ideas verdaderamente nuevas. Estamos convergiendo todos hacia el promedio estadístico de lo que la IA considera «una buena respuesta».

Que es, por definición, lo más predecible.

 

La paradoja del idiota moderno

Hace tiempo leí algo que me hizo gracia y al mismo tiempo me incomodó.

En la antigua Grecia, la palabra «idiota» no significaba lo que significa hoy. Los griegos llamaban «idiota» a la persona que vivía solo para sus asuntos privados y se desentendía de la vida pública, de la política, de la comunidad. Era una crítica social, no un insulto a la inteligencia.

Hoy estamos en pleno camino de inventar una nueva versión del idiota. No el griego, que se aislaba del mundo. Sino el tecnológico, que delega todo su pensamiento en una máquina y se aisla, sin darse cuenta, de su propia capacidad cognitiva.

El idiota moderno no es el que no piensa. Es el que ha dejado de practicarlo.

Y luego está la otra cara de esto, que rara vez se comenta. Múltiples informes están conectando el uso excesivo de tecnología con problemas de salud mental: aislamiento, depresión, ansiedad, incluso tendencias suicidas en franjas concretas. La razón parece estar en el desequilibrio brutal entre las emociones con las que venimos cableados, que son prácticamente las mismas que las de hace 50.000 años, y el entorno que hemos construido a nuestro alrededor, que cambia cada seis meses.

Esa es la frase de un biólogo evolutivo norteamericano que me marcó hace años: afrontamos el siglo XXI con emociones de la Edad de Piedra, instituciones medievales y una tecnología cuasi divina.

Suma a ese cóctel una herramienta que piensa por ti, y dime tú a dónde llegamos.

 

Lo que hago yo, y lo que recomiendo

No me malinterpretes. Yo uso IA todos los días. En TEKDI llevamos enseñando aplicaciones reales de inteligencia artificial desde antes de que ChatGPT fuera un nombre conocido en España. No estoy aquí para pedirte que te bajes del tren, porque sería estúpido, y además ya es tarde.

Lo que te digo es otra cosa.

La diferencia entre quienes saldrán reforzados de esta revolución y quienes se quedarán atrás no es quién usa más IA. Es quién la usa para amplificar su pensamiento y quién la usa para sustituirlo.

Si la usas para acelerar tareas que ya dominas, te hace más potente. Si la usas para no tener que aprender ni pensar en absoluto, te está atrofiando por dentro sin que lo notes. Como un hielo que se derrite tan despacio que cuando te das cuenta ya no queda nada.

Y esto aplica a cualquier empresa. Incluida la tuya.

Si tu equipo está dejando de razonar porque tiene la IA delante, no tienes un equipo más productivo. Tienes un equipo dependiente. Y un equipo dependiente, el día que la herramienta falla, no responde, no decide, no crea. Solo espera instrucciones.

 

La decisión que tienes que tomar

Aquí tienes dos caminos.

Uno: seguir como hasta ahora, usando la IA como una muleta cómoda, delegando cada vez más procesos mentales, viendo cómo la productividad sube en el corto plazo y cómo el criterio propio, el tuyo y el de tu equipo, se va apagando sin hacer ruido.

Dos: aceptar que la IA es la herramienta más poderosa de tu vida profesional, sí, pero entrenarte a ti y a los tuyos para no soltar nunca el músculo del pensamiento crítico. Usarla para empujar tu inteligencia, no para reemplazarla.

Yo lo tengo clarísimo cuál de los dos caminos quiero recorrer.

La pregunta es si tú lo tienes igual de claro.

Porque dentro de cinco años no vas a competir contra la IA. Vas a competir contra las personas que han aprendido a usarla sin idiotizarse en el proceso.

Y esos van a ir a otra velocidad.

Punto.

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Juan Merodio


Juan Merodio es conferenciante internacional y emprendedor en innovación, IA y negocio. Con más de 20 años creando y liderando empresas, ha impartido más de 1.000 conferencias en España, Estados Unidos, Japón y Latinoamérica. Fundador de TEKDI y autor de 16 libros. Pero si algo lo define no es su currículum, sino su capacidad para ver lo que viene… y construirlo antes que nadie.

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