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La IA quiere nuestro pensamiento


24 de julio | Por Juan Merodio

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Hace unas semanas, en una sesión de TEKDI, un directivo me soltó una frase que me dejó dando vueltas durante días.

Estábamos hablando de cómo integrar la IA en la operativa de su empresa. En mitad de la conversación, casi como una confesión, dijo:

«Juan, la verdad es que ya no sé qué opino sobre las cosas hasta que se lo pregunto a ChatGPT».

Lo dijo sonriendo. Como si fuera una anécdota simpática.

No lo era.

pensamiento IA

 

Externalizamos la atención. Ahora vamos a por la mente

Llevamos quince años entregándole nuestra atención al móvil. Lo hemos normalizado tanto que ya ni lo pensamos. Miras el reloj y son las nueve. Vuelves a mirarlo y son las once. Y entre medias, no ha pasado nada memorable.

Esto lo veo constantemente. En clientes, en alumnos, en amigos. Y en mí mismo, para qué mentir.

Pero ahora estamos entrando en una fase distinta. Una fase en la que la tecnología ya no compite solo por nuestra atención. Compite por nuestro pensamiento.

Porque una cosa es abrir Instagram diez veces al día sin acordarte. Y otra muy distinta es no saber qué opinas sobre un tema hasta que un modelo generativo te lo redacta.

La primera es un problema de foco.

La segunda es un problema de identidad.

 

La rebelión silenciosa que casi nadie está mirando

Mientras esto pasa, hay un movimiento paralelo que a mí me parece fascinante y que en España casi no se está comentando.

Hay una parte de la generación más joven que está comprando iPods. Reproductores de CD. Cámaras digitales de las de antes. Cuadernos de papel. Dispositivos que hacen una cosa y solo una cosa.

A primera vista parece una moda nostálgica más. Vinilos, cassettes, cámaras analógicas. Todos hemos visto pasar esa película.

Pero si lo miras con atención, hay algo distinto ocurriendo aquí.

No están rechazando la tecnología. La mayoría de esos dispositivos siguen siendo digitales. Lo que están rechazando son las condiciones bajo las que la tecnología moderna les obliga a vivir. La interrupción constante. La biblioteca infinita que paraliza en lugar de liberar. La notificación permanente. El scroll sin fondo.

Están recuperando algo que el diseño de producto moderno lleva veinte años intentando eliminar: la fricción. El esfuerzo de elegir un disco. La espera de que llegue por correo. El acto de sentarse a escuchar algo con intención en lugar de dejar que el algoritmo decida.

Y esa fricción, ese pequeño esfuerzo, es exactamente donde estaba ocurriendo la experiencia. Donde se formaban los recuerdos. Donde había vida.

Eliminamos la fricción en nombre de la comodidad. Y descubrimos, tarde, que la fricción era el ingrediente principal.

Lo que veo en las empresas (y me preocupa)

Y ahora llevo esto al mundo empresarial, que es donde yo me muevo cada día.

Lo que estoy viendo en muchas organizaciones es esto: equipos que han incorporado ChatGPT, Claude o Gemini a su día a día y que han multiplicado su productividad aparente. Producen más correos, más informes, más presentaciones, más resúmenes.

Todo eso está bien. Pero.

Cuando les pides que defiendan una decisión estratégica, se quedan en blanco. Cuando les preguntas por qué recomiendan una línea de acción y no otra, empiezan a titubear. Cuando tienen que enfrentarse a un problema nuevo, sin precedentes, con incertidumbre real, lo primero que hacen no es pensar. Es abrir una ventana de chat.

Y aquí viene lo interesante: no es que sean peores profesionales que hace tres años. Es que están perdiendo la costumbre de convivir con la incertidumbre el tiempo suficiente como para que aparezca una idea propia.

Es lo que en algún artículo reciente he leído descrito como una «pérdida constitutiva de capacidades». La erosión lenta y silenciosa del criterio, la imaginación y la empatía. Justo lo que cualquier empresa necesita en un entorno como el actual.

Y esto aplica a cualquier organización. Incluida la tuya.

 

Piensa antes del prompt

Yo uso IA todos los días. En TEKDI enseñamos a usarla. He construido buena parte de mi trabajo actual apoyándome en ella. Así que déjame ser directo: esto no va de renunciar a la IA, ni de disfrazarse de tecnófobo iluminado.

Va de otra cosa.

Va de la diferencia entre dos profesionales que usan exactamente las mismas herramientas.

Uno abre el chat, pega el problema, copia la respuesta, la maquilla un poco y la envía. En diez minutos ha «resuelto» algo que antes le llevaba una hora.

El otro se para diez minutos antes de tocar el teclado. Piensa qué quiere conseguir. Formula una hipótesis propia. Decide qué necesita de la máquina exactamente. Y cuando llega la respuesta, no la copia: la usa para cuestionar su hipótesis inicial, para afinarla, para retarse a sí mismo.

Los dos entregan un documento parecido. Puede que incluso el primero lo entregue antes.

Pero dentro de tres años, uno de los dos ya no será necesario. Y no te voy a decir cuál.

En mi experiencia, la gente que está sacando ventaja real con la IA no es la que pregunta más rápido. Es la que piensa mejor antes de preguntar.

 

La pregunta que casi nadie se está haciendo

Hay una pregunta que llevo tiempo recomendando que se hagan las empresas antes de escalar cualquier despliegue de IA. Y que muy pocas se están haciendo.

¿Qué capacidad humana estamos fortaleciendo con esta tecnología, y qué capacidad estamos dejando desaparecer sin darnos cuenta?

No es una pregunta filosófica. Es una pregunta estratégica.

Si automatizas el resumen de reuniones, ¿tus mandos intermedios siguen desarrollando la capacidad de sintetizar? Si automatizas la generación de propuestas comerciales, ¿tu equipo comercial sigue afinando el criterio para saber qué decir a qué cliente? Si automatizas la primera versión de cualquier texto, ¿alguien en tu empresa sigue sabiendo pensar en profundidad sobre lo que realmente quieres decir?

Puede que la respuesta sea sí. Y entonces vas por buen camino.

O puede que la respuesta sea no. Y entonces tienes un problema estructural silencioso creciendo en el corazón de tu organización. Como un hielo que se derrite tan despacio que cuando te das cuenta ya no queda nada.

 

Dos caminos, y uno de los dos desaparece

Este es el momento en el que se están abriendo dos caminos claros.

En el primero están las personas y las empresas que usan la IA para pensar más. Para explorar más ángulos. Para cuestionar más suposiciones. Para desafiarse antes de tomar decisiones importantes. Para amplificar su criterio, no para sustituirlo.

En el segundo están las personas y las empresas que usan la IA para no tener que pensar. Para entregar antes. Para reaccionar más rápido. Para producir más de lo mismo. Para llenar el silencio que antes ocupaba el pensamiento propio.

Los dos caminos parecen iguales hoy.

Dentro de dos o tres años no lo van a ser.

Así que la pregunta que te dejo no es si vas a usar más o menos IA en tu día a día. Vas a usar más. Todos vamos a usar más.

La pregunta es qué vas a hacer para asegurarte de que sigues pensando.

Porque la IA no te va a quitar el trabajo.

Te va a quitar el criterio.

Y sin criterio, el trabajo se cae solo.

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Juan Merodio


Juan Merodio es conferenciante internacional y emprendedor en innovación, IA y negocio. Con más de 20 años creando y liderando empresas, ha impartido más de 1.000 conferencias en España, Estados Unidos, Japón y Latinoamérica. Fundador de TEKDI y autor de 16 libros. Pero si algo lo define no es su currículum, sino su capacidad para ver lo que viene… y construirlo antes que nadie.

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