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La IA que usas hoy está subvencionada y eso se va a acabar


31 de agosto | Por Juan Merodio

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Hace unas semanas, al terminar una sesión con un grupo de directivos en TEKDI, se me acercó el responsable de operaciones de una empresa industrial de tamaño medio y me enseñó, con cierto orgullo, la hoja de cálculo en la que tenía controlado hasta el último euro del gasto en inteligencia artificial de su compañía: doce licencias de un plan avanzado, un par de suscripciones sueltas que había ido pidiendo el equipo de marketing y alguna herramienta más que se había colado por el camino sin que nadie recuerde muy bien quién la contrató. Me dijo, textualmente, que por menos de lo que les cuesta un becario tenían a toda la empresa trabajando con IA.

Le hice una sola pregunta: ¿y qué vas a hacer el día que eso te cueste cuatro veces más?

Se quedó callado unos segundos, que es exactamente el tiempo que tarda un directivo en darse cuenta de que ha construido una parte importante de su operativa sobre un precio que él no controla, que no ha negociado y que nadie le ha garantizado por escrito que vaya a seguir siendo el mismo dentro de dieciocho meses.

IA subvencionada

 

Nadie te está regalando nada, te están comprando el hábito

La realidad es que los grandes proveedores de inteligencia artificial están vendiendo por debajo de coste de una manera que, cuando ves los números por dentro, resulta casi difícil de creer. Los análisis que están circulando entre consultoras especializadas apuntan a que un plan profesional de doscientos dólares al mes puede estar entregando al usuario un valor real de infraestructura muy superior, del orden de varios miles de dólares, con descuentos efectivos que rozan el 97 %. Esa diferencia la está absorbiendo el proveedor, mes a mes, usuario a usuario, y no lo hace por generosidad.

Lo hace porque está comprando cuota de mercado y, sobre todo, porque está comprando tu dependencia.

Esto lo hemos visto antes y lo hemos visto hace muy poco. Cuando Facebook empezó a dar alcance orgánico prácticamente ilimitado a las páginas de empresa, todos nos volvimos locos publicando, montamos equipos, construimos estrategias enteras encima de aquel regalo. Hasta que el regalo se convirtió en un grifo que alguien podía cerrar desde fuera, y de repente llegar a tu propia comunidad, esa que tú habías construido con tu dinero y tu tiempo, empezó a costarte una pasta. El patrón se repite con una precisión casi aburrida: primero te dan, después te acostumbran, y cuando ya no puedes vivir sin ello, ajustan el precio.

Y esto aplica a cualquier empresa. Incluida la tuya.

 

Motor y carrocería: la diferencia que casi nadie te ha explicado

Aquí está la clave que la mayoría de directivos con los que hablo todavía no tiene interiorizada, porque nadie se la ha contado en estos términos: cuando tú usas una herramienta de inteligencia artificial estás usando dos cosas distintas que has aprendido a percibir como una sola.

Por un lado está el modelo, que sería el motor, la parte que realmente razona, escribe y calcula. Por otro está la aplicación construida alrededor, la interfaz de chat, el asistente de programación, el agente que ejecuta tareas, que vendría a ser el resto del coche: la carrocería, el volante, los asientos y el salpicadero bonito con el que interactúas todos los días.

Los modelos comerciales que usa hoy prácticamente todo el mundo son motores cerrados. No puedes descargarlos, no puedes abrirlos, no puedes moverlos de sitio, y solo accedes a ellos a través de la infraestructura del fabricante, en sus condiciones y a su precio.

Los modelos de pesos abiertos son motores que cualquiera puede descargarse gratis y montar en su propio garaje.

Una vez descargado, el modelo se ejecuta en tu hardware, dentro de tu red, sin llamar a casa cada vez que alguien de tu equipo escribe una instrucción. Y ahí es donde empieza a cambiar toda la conversación económica.

 

Cuando el coste deja de ser una cuota y pasa a ser electricidad

Los modelos abiertos más avanzados de esta última hornada están rindiendo, en las pruebas comparativas, a un nivel bastante próximo al de los modelos cerrados de gama alta, y pueden utilizarse a través de proveedores de alojamiento especializados por una fracción muy pequeña de lo que cuesta la alternativa comercial. Cuando los ejecutas directamente en tu propio equipo, el coste marginal de cada consulta se reduce prácticamente a lo que marca tu contador de la luz.

La distancia técnica entre unos y otros se ha estrechado hasta situarse en el entorno de los tres a seis meses. Los modelos abiertos van una generación por detrás, no cinco años por detrás, y para el 80 % de las tareas reales que hace una empresa —resumir, clasificar, redactar borradores, analizar sentimiento, extraer datos de documentos, ordenar información— esa diferencia de generación es sencillamente irrelevante.

Déjame ser directo: estás pagando precio de Fórmula 1 para ir a comprar el pan.

Y luego está el asunto del que muy pocos quieren hablar en las reuniones de dirección, que es el de los datos. Cada vez que alguien de tu equipo pega en una herramienta comercial un contrato, una nómina, un historial de cliente o un informe médico, esa información sale de tu organización y entra en una infraestructura que tú no controlas ni auditas. Si trabajas en un sector regulado, en sanidad, en banca, en legal, en seguros, esa frase debería quitarte el sueño más que la factura. El modelo ejecutado en local, bien configurado, es la única opción que te permite decir con honestidad que el dato no ha salido nunca de casa.

 

Probablemente ya tienes el hardware y no lo sabes

Aquí es donde suele aparecer la objeción, y siempre llega con la misma cara: «Juan, esto suena a que necesito montar un centro de datos».

No.

Toda la inferencia de inteligencia artificial se ejecuta sobre tarjetas gráficas, así que lo único que importa de verdad es cuánta memoria tienes disponible para cargar el modelo. Los Mac con chips de la serie M reparten la memoria de forma unificada entre procesador y gráfica, lo que los convierte en máquinas sorprendentemente buenas para esto sin haber sido diseñadas específicamente para ello. Un portátil de gama alta ejecuta modelos abiertos perfectamente decentes en un avión, sin conexión a internet y con la batería puesta.

Si en tu oficina hay veinte o treinta ordenadores de ese tipo encendidos ocho horas al día, ya existen proyectos que permiten conectarlos entre sí para que funcionen como un único superordenador de inteligencia artificial. Ya has pagado ese hardware. Lo estás amortizando en hojas de cálculo y videollamadas.

Con los PC pasa algo parecido y más divertido de explicar: si el ordenador de tu hijo mueve un videojuego moderno a 4K sin despeinarse, tiene memoria gráfica de sobra para hacer inferencia. Y si prefieres una máquina dedicada, ya existen equipos de sobremesa pensados exactamente para esto, con un consumo eléctrico que ronda el de un portátil trabajando a pleno rendimiento y que está muy por debajo de lo que gasta el microondas de tu cocina calentando la comida del mediodía.

La regla mental para dimensionar es razonablemente sencilla: un modelo de treinta mil millones de parámetros necesita alrededor de treinta gigas de memoria libre, más el margen que le tienes que dejar al sistema operativo y a todo lo que tengas abierto. Miras el tamaño del archivo antes de descargarlo, calculas si te cabe, y ya está.

 

Lo que yo estoy viendo funcionar de verdad

El planteamiento de «me lo llevo todo a local y cancelo mis suscripciones el lunes» es una fantasía, y quien te la venda te está vendiendo humo. Lo que sí estoy viendo funcionar, y funcionar muy bien, es un modelo híbrido que en TEKDI hemos empezado a recomendar a las empresas que nos preguntan por dónde empezar.

Usas el modelo cerrado más potente que tengas para lo que de verdad justifica su precio: pensar. Le dedicas media hora de conversación seria a diseñar el plan detallado de lo que quieres automatizar, con su objetivo, su público, su proceso, sus herramientas y sus métricas de éxito, y le pides que te haga preguntas hasta que tenga información suficiente para escribirte un plan que otro sistema pueda ejecutar sin supervisión.

Y después le pasas ese plan a un modelo abierto para que lo ejecute mil veces.

La fase de pensar te cuesta unos euros de API. La fase de ejecutar te cuesta luz.

He visto a profesionales sustituir de esta forma, uno a uno, plugins de pago y suscripciones de software que llevaban años renovando por inercia, documentando cada funcionalidad que realmente usaban y reconstruyéndola con su propio agente, hasta ver cómo la factura mensual de herramientas bajaba mes tras mes en lugar de subir. He visto agentes que recopilan cada mañana información de webs municipales, bibliotecas y organismos públicos y la convierten en un informe personalizado en PDF que llega solo, sin que nadie toque nada, con un coste operativo que es literalmente cero.

Ninguna de esas dos cosas era posible hace dieciocho meses a un precio razonable para una pyme.

 

Montar esto la primera vez tiene fricción. Necesitas a alguien con manos técnicas para la configuración inicial, necesitas dedicar un rato a entender qué modelo encaja con qué tarea, y necesitas asumir que las aplicaciones cliente se actualizan a menudo y alguien tiene que ocuparse de eso. La parte buena, y no es menor, es que una vez montado el sistema el uso diario es tan sencillo como elegir un modelo en un desplegable, igual que cambias de motor en el coche sin cambiar de coche.

Hay una ventaja adicional que casi nunca se menciona y que a mí me parece enorme para cualquier empresa que planifique a más de un año vista: el control de versiones. Cuando un proveedor en la nube decide jubilar un modelo, tú te enteras por un correo y te aguantas, aunque tuvieras cincuenta procesos ajustados milimétricamente a su comportamiento. Con un modelo abierto, la versión que te funciona se queda en tu disco duro para siempre, y la nueva la pruebas contra la antigua cinco o seis veces antes de decidir si merece la pena moverte.

 

Y ahora te toca decidir

Solo hay dos caminos a partir de aquí y ambos son perfectamente defendibles, siempre que sepas cuál estás eligiendo.

Puedes seguir donde estás, disfrutar de la subvención mientras dure, aceptar que tu estructura de costes de inteligencia artificial la decide un comité en San Francisco al que no vas a poder llamar por teléfono, y confiar en que cuando llegue la subida sea asumible.

O puedes coger uno, solo uno, de esos procesos repetitivos que hoy pasan por una suscripción, montarlo este mes sobre un modelo abierto en un equipo que ya tienes, y empezar a construir un músculo que dentro de dos años va a separar a las empresas que controlan su tecnología de las que solo la alquilan.

Yo lo tengo bastante claro. Y aquí es donde tienes que decidirlo tú.

Elige un proceso. Este mes. No el año que viene.

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Juan Merodio


Juan Merodio es conferenciante internacional y emprendedor en innovación, IA y negocio. Con más de 20 años creando y liderando empresas, ha impartido más de 1.000 conferencias en España, Estados Unidos, Japón y Latinoamérica. Fundador de TEKDI y autor de 16 libros. Pero si algo lo define no es su currículum, sino su capacidad para ver lo que viene… y construirlo antes que nadie.

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