Cómo he creado mi cerebro digital con IA
12 de febrero 2026
23 de julio | Por Juan Merodio
El mito del foco absoluto que le vendieron a los emprendedores
Hace unas semanas, terminando una sesión en TEKDI, se me acercó un miembro con cara de estar a punto de tomar una decisión importante. Me dijo, y lo recuerdo casi textual, que llevaba meses sintiéndose culpable porque tenía tres proyectos en marcha, todos funcionando razonablemente bien, y que cada libro de negocios que abría, cada podcast que escuchaba, cada mentor que seguía en LinkedIn, le repetía la misma frase: enfócate en uno. Elige. Especialízate. Todo lo demás es ruido.
Y me preguntó, muy en serio, si tenía que cerrar dos de los tres.
Yo le dije que no. Que probablemente el problema no fuera tener tres proyectos, sino haberse creído que tener tres proyectos era el problema.
Esta conversación no es rara. La tengo cada quince días con perfiles distintos. Empresarios que facturan bien, que disfrutan de lo que hacen, que tienen equipos competentes, y que sin embargo cargan con una culpa absurda por no ser esos monolitos de disciplina que aparecen en las biografías de Steve Jobs o Elon Musk. Y esa culpa les está haciendo mucho más daño que sus tres proyectos.
Déjame ser directo: la idea de que para tener éxito hay que concentrarse exclusivamente en una empresa, una profesión o un proyecto, no es una verdad universal. Es una recomendación que funciona muy bien para cierto perfil de persona, y que empuja al desastre a otro perfil completamente distinto.
Hay emprendedores que rinden al máximo con foco absoluto. Perfeccionan un producto, dominan un vertical, escalan una empresa durante veinte años y son felices haciéndolo. Estupendo. Son los que salen en las portadas y los que suelen dar los consejos que luego todos repetimos como loros.
Pero hay otro perfil, y aquí quiero que prestes atención si te reconoces, que funciona de manera radicalmente distinta. Gary Vaynerchuk los llama «malabaristas». Son profesionales inquietos, creativos, con una energía difícil de canalizar en una sola dirección, que no se agotan por hacer varias cosas a la vez sino precisamente por lo contrario. Si les obligas a dedicarse a una única cosa durante años, no ganan foco. Pierden motivación. Se apagan.
Yo llevo dos décadas en esto y te lo digo con conocimiento de causa. Conozco emprendedores con un solo negocio que están agotados. Y conozco emprendedores con cinco proyectos activos que están mejor que nunca. La diferencia no está en el número. Está en cómo cada uno se relaciona con su propia energía.
No se trata de acumular proyectos como quien colecciona cromos
Ahora bien, esto no es una invitación a llenarse la agenda de startups a medio hacer. Ese es el error que veo constantemente: gente que confunde ser malabarista con ser desordenado. Tener varios proyectos no es lanzarlos y ver cuál sobrevive. Eso no es diversificación, es dispersión con marketing.
La diferencia entre un malabarista y un caótico está en algo que casi nadie explica: la habilidad transferible.
Vaynerchuk puede meterse en negocios muy distintos, desde vino hasta agencias de marketing hasta memorabilia deportiva hasta inversión temprana, porque su capacidad central es siempre la misma. Sabe leer atención, comunicar y construir marca. Cada proyecto suyo es una aplicación distinta del mismo músculo. No está aprendiendo desde cero cada vez. Está desplegando una fortaleza que ya tiene.
Y esto aplica a cualquier empresa. Incluida la tuya.
Si tú eres bueno vendiendo, tus proyectos deberían tener una capa de venta en común. Si tu fortaleza es construir producto, tus proyectos deberían tener producto en el centro. Si lo tuyo es la comunidad, no montes tres cosas donde la comunidad no pinta nada. Porque en el momento en que abres una empresa fuera de tu zona de fortaleza real, ya no eres un malabarista. Eres alguien que se ha comprado un problema.
Aquí hay un concepto que quiero que grabes, porque es el que marca la diferencia entre los emprendedores que pueden operar varios proyectos a la vez y los que se colapsan intentándolo. Vaynerchuk lo llama la regla 15-80-5.
El fundador participa en el 15% inicial de cada proyecto, que es donde se define la idea, se le da forma, se marca la dirección estratégica. Luego el equipo ejecuta el 80% del trabajo. Y el fundador vuelve para el 5% final, que es donde se toman las decisiones de peso, se cierran los movimientos importantes y se ajustan las cosas que solo alguien con visión completa puede ajustar.
Esto es lo que casi ningún emprendedor sabe hacer. Y no lo sabe hacer porque le han vendido que ser fundador es estar metido hasta las cejas en todo, siempre, en todos los frentes. Y eso, además de una tortura, es matemáticamente imposible cuando tienes más de un proyecto.
La regla del 15-80-5 exige tres cosas incómodas. Primero, admitir que gran parte de lo que crees que solo puedes hacer tú, en realidad lo puede hacer otra persona probablemente mejor. Segundo, tener equipo bueno de verdad, no gente que asiente en las reuniones. Tercero, y este es el más duro, aceptar que dejar de intervenir no es abandonar. Es liderar diferente.
Cuando en TEKDI hablamos de estructuras de equipo para emprendedores con varios negocios, esta suele ser la barrera. No es la falta de gente. Es la incapacidad del fundador para soltar. Y mientras no sueltes, no vas a poder tener varios proyectos ni aunque tengas al mejor equipo del mundo detrás.
El coste que nadie te cuenta cuando eliges esta vía
Ahora la parte que casi nadie dice en voz alta. Ser malabarista tiene un precio. Y es un precio real, no una excusa emocional.
Si divides tu atención entre cuatro proyectos, es matemáticamente probable que cada uno de esos cuatro proyectos crezca más despacio de lo que crecería si le dedicaras el cien por cien. Punto. No hay magia que compense eso. Un emprendedor con foco absoluto en una sola empresa, si tiene talento y suerte, va a construir algo más grande en menos tiempo que tú con tus cuatro cosas.
Y aquí es donde toca la pregunta incómoda: ¿qué estás optimizando?
Porque no todo el mundo optimiza lo mismo. Algunos emprendedores quieren maximizar la facturación. Otros quieren maximizar el valor de venta de la empresa. Otros quieren maximizar el tamaño del equipo o el impacto en el mercado. Y otros, aunque no lo digan por miedo a sonar poco ambiciosos, quieren maximizar la variedad, la autonomía, el aprendizaje y el placer diario de construir cosas nuevas.
Ninguna de estas respuestas es superior a las demás. Son opciones distintas de vida. Pero elegir sin haberte hecho la pregunta es tomar la decisión más cara que existe: dejar que otros la tomen por ti.
Lo que yo estoy viendo en muchos empresarios de treinta y cinco a cincuenta años es exactamente esto. Han construido negocios sólidos siguiendo el manual del foco absoluto, y han llegado a un punto en el que ese manual ya no les sirve. Se aburren. Se apagan. Empiezan a fantasear con vender la empresa no porque quieran retirarse, sino porque no soportan la idea de hacer lo mismo diez años más. Y no es un problema de negocio. Es un problema de identidad profesional mal diagnosticada.
Hay algo curioso que pasa cuando un emprendedor con perfil de malabarista se da permiso para operar como tal. Y no es solo que se ponga contento. Es que sus proyectos empiezan a alimentarse entre sí de formas que no había previsto.
El conocimiento que adquiere en un negocio B lo aplica al negocio A. Los contactos que consigue montando el proyecto C le abren puertas para escalar el proyecto D. La marca personal que construye siendo referente en varias áreas le da una autoridad que le habría costado el triple conseguir siendo especialista puro. Y el equipo que va formando en cada proyecto puede rotar, aprender, promocionarse y crecer de maneras que en una única empresa serían imposibles.
Es como una red de vasos comunicantes. Cada proyecto le añade energía al siguiente. Y esto no lo digo desde la teoría. Lo veo cada semana en TEKDI, en el club de empresarios que dirijo, en las conferencias donde comparto mesa con otros perfiles similares.
Los que peor lo pasan no son los que tienen varios proyectos. Son los que tienen varios proyectos y siguen creyendo que deberían tener uno solo.
La pregunta que tienes que responderte antes de terminar de leer esto
Voy a cerrarte con dos caminos, porque al final esto es una decisión y las decisiones no se toman en abstracto.
Camino uno. Eres una persona que rinde mejor con foco absoluto. Necesitas profundidad, dominio, escala, iteración larga sobre lo mismo. Estupendo. Cierra proyectos que te dispersan, corta compromisos que te consumen, y ve a por una única cosa con toda la fuerza que tengas. No lo dudes.
Camino dos. Eres una persona que se apaga si le obligas a hacer una única cosa durante años. Necesitas variedad, exploración, proyectos que no tienen por qué explicarse entre sí. También estupendo. Pero entonces deja de pedirle disculpas al mundo por ser así. Estructura tu vida profesional para poder operar como el malabarista que eres, con habilidad transferible clara, equipo competente y una regla del 15-80-5 que respetes de verdad.
Lo que no puedes seguir haciendo es lo del camino tres, que es el que veo con más frecuencia: eres un malabarista viviendo como si fueras del camino uno, con la culpa de no ser suficiente y la frustración de no estar siendo tú.
Elige.
Y elige rápido, porque los años se pasan igual construyas lo que construyas, y llegar a los cincuenta arrepentido de no haber sido quien eras es un precio que nadie debería pagar.
Juan Merodio
Juan Merodio es conferenciante internacional y emprendedor en innovación, IA y negocio. Con más de 20 años creando y liderando empresas, ha impartido más de 1.000 conferencias en España, Estados Unidos, Japón y Latinoamérica. Fundador de TEKDI y autor de 16 libros. Pero si algo lo define no es su currículum, sino su capacidad para ver lo que viene… y construirlo antes que nadie.
Compartir >>