Cómo he creado mi cerebro digital con IA
12 de febrero 2026
14 de septiembre | Por Juan Merodio
Tengo en el correo una carpeta que se llama, con muy poca imaginación, «Propuestas», y ahí van a parar de forma automática los cientos de mensajes que me llegan cada mes de gente que quiere trabajar conmigo, colaborar con TEKDI, venderme un servicio o pedirme que le eche un vistazo a su currículum, y te voy a confesar algo que a lo mejor no te gusta leer: esos correos los reviso, los contesto cuando puedo y los derivo a quien corresponde, pero casi nunca me cambian el día.
Los que me cambian el día están en otra carpeta.
Hace unos meses me escribió un chico de veintiséis años que no me pedía absolutamente nada. Había escuchado un episodio de Negocios en Crecimiento sobre cómo poner precio a un producto de formación, no estaba de acuerdo con una de mis conclusiones y me mandaba un documento de cuatro páginas explicándome por qué, con los números de su propio proyecto, un curso pequeñito que vendía por su cuenta los fines de semana. Le llamé esa misma semana, estuvimos una hora hablando y hoy trabaja con nosotros. Su currículum no lo he visto nunca.
Me acordé de ese chico hace poco escuchando una entrevista a Shishir Mehrotra, un tipo que lleva veinte años decidiendo a quién se contrata y a quién se asciende en algunas de las empresas tecnológicas más importantes del mundo: dirigió Producto en YouTube, lleva más de una década en el consejo de administración de Spotify y hoy es el CEO de Superhuman, la compañía que está detrás de Grammarly, esa herramienta que usan cada día cuarenta millones de personas para escribir sin meter la pata. Le preguntaban qué haría en los próximos doce meses si tuviera que empezar su carrera desde cero, y la primera respuesta no tuvo nada que ver con la Inteligencia Artificial.
Tuvo que ver con una carpeta.
Mehrotra explicaba que tiene configurado su correo para que todas las personas que buscan trabajo acaben en un mismo sitio, que él revisa y deriva a su equipo de selección, y que existe otra categoría, mucho más pequeña, que es la de gente interesante con la que le apetece conversar. Y contaba que prácticamente todos los saltos importantes de su carrera salieron de la segunda, nunca de la primera. Su puesto en el consejo de Spotify, por ejemplo, empezó con un artículo que escribió sobre modelos de empaquetado de productos y que ni siquiera llegó a publicarse: fue pasando de mano en mano hasta que alguien le dijo a Daniel Ek que tenía que hablar con él.
Un documento que circuló por correo. Diez años en el consejo de Spotify.
Y esto lo veo constantemente, en mi caso y en el de la gente con la que trabajo. Si repaso las conferencias que más me han marcado, las que me llevaron a Japón, a Estados Unidos o a la primera sala de un comité de dirección de verdad, casi ninguna llegó porque yo mandara un dosier: llegaron porque alguien había leído algo mío antes, un post de este blog, un capítulo de un libro o un hilo que alguien reenvió a quien no tenía por qué haberlo leído. La mejor manera de superar un proceso de selección sigue siendo no tener que pasarlo.
¿Sabes cuál es el error? Que la mayoría de profesionales dedica el noventa por ciento de su energía a optimizar su candidatura, a pulir el perfil de LinkedIn, a preparar la entrevista y a sortear el filtro automático, y el diez por ciento restante a hacer cosas que otras personas puedan ver, leer o probar. Y hoy, cuando producir y distribuir ese tipo de trabajo es más barato que nunca, esa proporción es un suicidio profesional a cámara lenta.
Por qué esto importa justo ahora
Hay una parte de la entrevista que me pareció especialmente honesta, porque es la conversación que muchos directivos tienen en privado y pocos se atreven a sostener en voz alta. La entrevistadora le reconocía a Mehrotra que, cuando contrata a alguien joven para llevar redes sociales, ya no le basta con que esa persona sepa escribir una buena historia, porque para eso ya tiene a Claude, y que lo que quiere es alguien que entienda la estrategia.
La realidad es que las oportunidades para quien empieza se están estrechando, y sería absurdo negarlo. Pero la respuesta de Mehrotra fue muy interesante, porque le llevó la contraria: sí necesitas a alguien capaz de crear grandes historias, le dijo, porque la IA puede fabricar cien variaciones de una buena idea, pero no puede darte la idea buena de partida, y cuando tienes cien versiones delante hace falta alguien con el criterio suficiente para saber cuál de ellas merece la pena.
La habilidad no desaparece. Cambia de sitio.
Durante años, Mehrotra dio siempre el mismo consejo a quien le preguntaba cómo crecer: primero conviértete en un ejecutor brillante, domina tu oficio con tus propias manos, y ya llegará el momento de dirigir a otros. Es el camino clásico, el que hemos seguido casi todos los que pasamos de los cuarenta y el que él mismo recorrió.
Ahora reconoce que ese consejo se ha quedado viejo.
Porque en el momento en que abres una herramienta de IA y le encargas un trabajo, te has convertido en jefe. Tienes que explicar bien lo que quieres, dar el contexto necesario, revisar lo que te entregan, detectar dónde se ha equivocado, pedir que lo rehaga y decidir cuándo algo está terminado, que es exactamente lo que hace un buen manager, solo que tu equipo no bebe café ni pide vacaciones en agosto.
Esto lo notamos muchísimo en TEKDI. Cuando un alumno se atasca con la IA, el problema casi siempre está en que no sabe delegar: da instrucciones de una línea, acepta el primer resultado sin leerlo con atención y luego se queja de que la máquina «no le entiende». Le pasaría exactamente lo mismo con un becario de carne y hueso.
Es como heredar de golpe una cocina con veinte cocineros cuando hasta ayer solo sabías pelar patatas: si no tienes claro qué menú quieres servir esa noche, lo único que vas a conseguir es una montaña de patatas peladas perfectísimamente.
La escalera no se rompe, sube de piso
Hay un marco de Mehrotra que me parece de lo más útil que he escuchado este año para entender hacia dónde van las carreras profesionales, y lo llama PSHE, que son las iniciales en inglés de problema, solución, cómo y ejecución. Al principio de tu carrera te dan las tres primeras cosas masticadas y tú solo tienes que ejecutar; más adelante te dan el problema y la solución, y tú decides cómo organizarte para llevarla a cabo; después solo te dan el problema, y tienes que volver con una solución que nadie había pensado; y en el nivel más alto te dan un área entera y eres tú quien le dice a la empresa cuál es el problema de verdad, ese momento en el que alguien levanta la mano y dice «sé que me pedisteis trabajar en ventas, pero lo que tenemos roto es la marca».
En mitad de esa escalera hay un tramo que una directiva de Google bautizó como «el valle de la desilusión»: el momento en que el profesional, que creía que el juego consistía en llevar proyectos cada vez más grandes, descubre con cierto disgusto que ahora lo que se valora es la calidad de las preguntas que se hace.
Pues bien, con la IA toda esa escalera sube un piso.
La ejecución, que era el primer peldaño y donde se formaba casi todo el mundo, es precisamente la parte que la IA hace mejor, y aunque puede echarte una mano en los niveles de arriba, la capacidad de juzgar lo que te propone y, sobre todo, de identificar qué problema merece tu tiempo, sigue estando casi entera en tu cabeza. Mehrotra lo resumía con una idea que me apunté: lo que hemos hecho es darle a todo el mundo un enorme equipo de ejecutores.
Y aquí me alineo con él sin matices, porque también se niega a hablar de «reemplazo» y pone el ejemplo del taladro eléctrico: cuando apareció hubo quien pensó que harían falta menos obreros, y lo que ocurrió fue que empezamos a construir rascacielos.
Cuando de repente tienes un ejército de ejecutores, no despides a nadie. Construyes cosas más grandes.
Si el valor se desplaza hacia el criterio, la siguiente pregunta es obvia: ¿cómo se entrena el criterio? Y la respuesta de Mehrotra pasa por algo que él llama eigen questions, un término inventado a partir de las matemáticas que en castellano podríamos traducir sin miedo como «la pregunta madre»: aquella que, cuando la respondes, te responde de paso a muchas otras.
Durante años usó en sus entrevistas el mismo ejercicio: unos científicos han inventado un teletransportador, ¿cómo lo llevarías al mercado? El candidato hacía una lista enorme de preguntas y entonces él le paraba en seco, porque los científicos se habían hartado y solo podía hacerles dos. Una de las mejores respuestas que recuerda eligió estas: si es lo bastante seguro para transportar personas y si lo caro es comprarlo o usarlo. Con eso ya sabes si lo instalas en cada esquina como una cabina de teléfono, si lo montas donde hoy hay aeropuertos y te sientas con el gobierno, o si lo usas para deshacerte de residuos o llevar órganos para trasplantes.
Dos preguntas. Todo el plan de negocio.
Esto lo he vivido con equipos comerciales, por ejemplo cuando un área manager prepara la visita a un cliente puede llegar con veinte preguntas sobre volumen, destinos, temporadas, proveedores y márgenes, o puede llegar con una sola: ¿este cliente vende por precio o vende por confianza? Según lo que conteste, sabes qué producto ofrecerle, cómo hablarle y cuánto tiempo merece la pena dedicarle. Los que mejor funcionan del equipo son, sin excepción, los que preguntan primero lo que importa.
Y aquí viene lo interesante: Mehrotra insiste en que esta habilidad se puede entrenar, pero advierte de un error que cometemos casi todos, que es intentar aprenderla directamente en situaciones donde hay muchísimo en juego. Nadie aprende a tocar la guitarra dando recitales delante de cientos de personas, ni a tirar a canasta jugando partidos televisados, y sin embargo pretendemos desarrollar criterio en la reunión del comité, delante de todos, donde decir «pensaba que esto estaba bien» te puede costar la credibilidad.
Te cuento cómo lo hago yo, porque creo que es la mejor prueba de que funciona. Ninguna idea importante llega a una conferencia grande sin haber pasado antes por salas pequeñas, por un taller con quince alumnos de TEKDI o por una sesión con un grupo reducido de empresarios en la que puedo equivocarme, ver en sus caras que algo no se entiende y cambiarlo al día siguiente. Cuando esa idea sube a un escenario con mil personas delante, ya ha fallado varias veces donde no costaba nada.
Busca tu equivalente. Un proyecto paralelo en el que probar diseño con IA, una newsletter que todavía no lee nadie, un negocio pequeño con un amigo o un juego de preguntas madre con tus hijos durante la cena, que según Mehrotra a veces dan mejores respuestas que los adultos, porque un niño de cinco años te pregunta «¿y si te teletransportas explotas?», que es exactamente la pregunta sobre la seguridad, solo que sin corbata.
Y fíjate en lo bien que encaja todo: ese proyecto paralelo en el que practicas es, a la vez, lo que te saca de la carpeta de candidatos. El chico de las cuatro páginas no me estaba mandando un currículum. Me estaba enseñando su sótano.
La IA que no tienes que acordarte de usar
Mehrotra distingue tres maneras de trabajar con la IA: conversar con ella en un chat, encargarle tareas para que las vaya tachando de tu lista y una tercera, la que él vende y por tanto hay que escuchar sabiendo que es parte interesada, en la que la IA aparece sola donde estás trabajando y te avisa antes de que se lo pidas, como cuando propones una reunión el jueves a las cinco y algo te subraya que a esa hora ya le has prometido una llamada a otra persona. El diagnóstico es bueno: si para usar la IA tienes que acordarte de abrirla, copiar, pegar y preguntar, se convierte en una tarea más de tu lista.
Mi apuesta es clarísima: los profesionales que más van a crecer en los próximos dos años no serán los que más horas pasen hablando con un chat, sino los que diseñen sistemas en los que la IA trabaje a su lado sin que tengan que llamarla. Y eso, otra vez, es trabajo de jefe.
Termino con la historia que más me tocó de toda la conversación. Mehrotra fue CEO por primera vez con veintiún años, y durante esa etapa tuvo como mentor a Bill Campbell, el legendario coach de Silicon Valley que acompañó a Steve Jobs, a Larry Page o a Jeff Bezos. Al cabo de un año, algo avergonzado, le ofreció acciones como al resto de asesores, y Campbell le dijo que no hacía falta, que todo lo que ganaba ya iba a caridad.
Cuando Mehrotra le preguntó qué le movía entonces, Campbell le contestó que llevaba la cuenta de cuántas de las personas a las que había ayudado habían acabado dirigiendo una empresa del Fortune 500.
Esa era su métrica. Y se sabía la lista de memoria.
Llevo días dándole vueltas, porque en un momento en el que todo el mundo se pregunta qué hará la IA con su puesto de trabajo, la pregunta de Campbell es la más humana y, curiosamente, también la más rentable. En TEKDI hay más de dos mil setecientas personas, y te aseguro que los días que más orgulloso me siento son aquellos en los que alguien me escribe para contarme que ha lanzado su proyecto, que le han ascendido o que ha dejado un trabajo que le apagaba. Las herramientas cambian cada seis meses. Esa lista es lo único que se queda.
Dos maneras de leer este momento
Así que tienes delante dos formas de afrontar lo que viene en 2026 y 2027. Puedes seguir compitiendo en la carpeta de candidatos, puliendo el currículum y esperando a que alguien te dé el problema, la solución y el procedimiento para ejecutarlo mejor que nadie, justo en el peldaño en el que la IA ya es más rápida que tú. O puedes aceptar que la tecnología te acaba de poner un equipo entero a tus órdenes, bajar al sótano a entrenar el criterio, hacer cosas que otros puedan ver y aprender a formular la pregunta que responde a todas las demás.
Lo primero te mantiene ocupado.
Lo segundo te hace imprescindible.
Empieza hoy por escribir algo que alguien quiera reenviar.
Juan Merodio
Juan Merodio es conferenciante internacional y emprendedor en innovación, IA y negocio. Con más de 20 años creando y liderando empresas, ha impartido más de 1.000 conferencias en España, Estados Unidos, Japón y Latinoamérica. Fundador de TEKDI y autor de 16 libros. Pero si algo lo define no es su currículum, sino su capacidad para ver lo que viene… y construirlo antes que nadie.
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