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La IA hace lo rutinario y el criterio sigue siendo tuyo


14 de octubre | Por Juan Merodio

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Hace unos días, en una sesión con un grupo de directivos en Valencia, el gerente de una empresa de distribución alimentaria me contó, con bastante orgullo y con el móvil ya en la mano para enseñármelo, que su becario de veintitrés años le había preparado en una mañana un informe de competencia que antes les costaba dos semanas, con tablas, gráficos y hasta una propuesta de precios para la temporada de Navidad, todo hecho con IA y presentado con un acabado que, según él, parecía salido de una consultora de las caras.

Le pregunté qué parte de ese informe habría cambiado él antes de mandárselo a su principal cliente.

Se quedó un rato mirando la pantalla.

Y entonces me dijo algo que me pareció de lo más honesto que he escuchado este año: “Pues casi todo, Juan, porque el chaval no sabe que a ese cliente no se le habla de precios en octubre, se le habla de surtido, y que la cifra de la página tres, que está bien calculada, nos deja fatal con el comercial que lleva esa cuenta desde hace quince años”.

Ahí está, en una sola escena, el tema de este artículo.

habilidades humanas e inteligencia artificial

El atajo que la IA se ha llevado por delante

Durante décadas, la carrera de cualquier persona que trabaja con la cabeza seguía un camino bastante reconocible, aunque nadie lo hubiera escrito en ningún sitio: terminabas tus estudios, entrabas en un puesto de los de abajo, te tocaba hacer los resúmenes de reuniones, las primeras versiones de los informes, las tablas que nadie quería hacer, los correos de seguimiento, y a base de repetir todo aquello durante años ibas absorbiendo, casi sin darte cuenta, cómo funcionaba el negocio, qué le importaba a cada cliente y por qué una decisión que parecía obvia sobre el papel era una barbaridad en la vida real.

Ese trabajo rutinario era aburrido, sí, pero era también la escuela.

Y lo que está pasando ahora es que la IA se está quedando precisamente con esa parte. El equipo de Superhuman lo explicaba muy bien en un artículo reciente: la IA no solo absorbe lo mecánico del trabajo, también se lleva las tareas con las que tradicionalmente se aprendía el contexto del negocio y se afinaba el juicio profesional. Su conclusión es que hay que desarrollar esas habilidades antes incluso de empezar a trabajar.

Yo voy un paso más allá, porque esto no va solo de jóvenes recién salidos de la universidad. Va de ti, que diriges una empresa de doce personas, y de cómo vas a formar a la gente que entra si la escuela de siempre ha desaparecido.

 

Lo que dicen los datos, y por qué me alegran

Hay quien lee todo esto con miedo. Yo lo leo con bastante optimismo, y te explico por qué.

Según los datos de LinkedIn que recoge ese artículo, la comunicación como habilidad declarada en los perfiles de personas de 22 a 25 años ha crecido 11 puntos porcentuales entre 2022 y 2026, y en ese mismo periodo han subido también la resolución de problemas, la capacidad de organización y el trabajo en equipo. Es decir, justo cuando más herramientas de IA tenemos al alcance de la mano, los profesionales jóvenes están poniendo en el escaparate lo que ninguna herramienta puede hacer por ellos.

No es casualidad.

Y hay un segundo dato que me parece todavía más interesante: las habilidades de negocio y de sector ya representan el 65 % de las habilidades que aparecen en los perfiles de los trabajadores jóvenes, frente al 57 % de 2022. La gente está entendiendo, quizá antes que muchas empresas, que saber usar la IA es el billete de entrada, pero que lo que te hace valioso es saber dónde estás, para quién trabajas y qué significa cada número que manejas.

Dos mochilas a la vez

La idea que más me gusta del artículo es que hay que cargar dos mochilas en paralelo. Una es la fluidez con la IA, que ya no es opcional, y la otra es el juicio, la comunicación y la colaboración, que son las que convierten lo que produce la máquina en algo relevante para el negocio y útil más allá del departamento donde se ha creado.

El ejemplo que ponen es de lo más cotidiano, y precisamente por eso funciona: la IA te redacta la respuesta a un correo o te resume un hilo de cuarenta mensajes en segundos, pero decidir si ese borrador es el adecuado para esa persona concreta, en ese momento concreto, y darle a “enviar”, sigue siendo cosa tuya.

Ahí está la habilidad de verdad.

En TEKDI lo veo constantemente. Los miembros que más rendimiento sacan a la IA no son los que más prompts conocen, sino los que saben, antes de abrir la herramienta, qué quieren conseguir con ese cliente y qué línea no deben cruzar nunca con él.

 

El contexto es el ingrediente que nadie te puede copiar

Fíjate en una frase del artículo que deberías pegar en la pared de tu despacho: sin saber qué necesita un cliente, qué significa una cifra o por qué importa una decisión, la comunicación se vuelve genérica y el juicio se convierte en una suposición.

Léela otra vez, porque explica la mitad de los contenidos clónicos que ves cada día en LinkedIn.

Usar IA sin contexto es como regalarle a alguien un juego de llaves maestras sin decirle en qué edificio vive: puede abrir muchas puertas, sí, pero no tiene ni idea de cuál es la suya, y lo más probable es que acabe entrando en la cocina del vecino con toda la seguridad del mundo. La herramienta es potentísima, pero el mapa del edificio lo tienes tú, en tu cabeza, en tus quince años de relación con ese cliente, en la conversación de pasillo en la que te enteraste de que el director de compras estaba a punto de jubilarse.

Y aquí viene lo interesante para cualquier empresario: ese contexto, que antes se transmitía solo por ósmosis y a base de años, ahora tienes que transmitirlo a propósito. Tienes que escribirlo, contarlo, sentarte con la persona nueva y explicarle por qué a este cliente no se le llama los lunes, por qué este proveedor merece una llamada y no un correo, por qué ese margen es intocable.

Si no lo haces, tu equipo tendrá la herramienta más rápida del mundo trabajando a ciegas.

 

Los fundadores ya lo han entendido

Hay otro dato que me parece revelador. Según LinkedIn, “fundador” es hoy el título profesional que más rápido crece entre los jóvenes, y la propia plataforma describe la IA como un acelerador de startups porque reduce muchísimo las barreras para probar cosas y para estirar los pocos recursos que tienes al principio. Entre las diez habilidades principales de los fundadores estadounidenses ya aparecen la estrategia de IA y los agentes de IA.

Pero lo que a mí me interesa es la conclusión a la que llegan esos fundadores: cuando la tecnología de base está al alcance de cualquiera, lo que marca la diferencia es la relación que tienes con tu cliente.

Punto.

Esto es exactamente lo que comento muchas veces en mi podcast “Negocios en Crecimiento” cuando hablo con empresarios que tienen miedo de que la IA iguale a todo el mercado. Claro que lo iguala, en lo que se puede copiar. Lo que no iguala es que tú sepas que tu cliente de Albacete acaba de tener un hijo, que el de Bilbao odia las videollamadas y que la de Sevilla toma las decisiones grandes los viernes por la tarde.

Cuando todos tienen el mismo motor, gana quien conoce mejor la carretera.

 

La frontera que no es una línea recta

Investigadores liderados por la Harvard Business School le pusieron nombre a algo que cualquiera que use IA a diario ha notado: la “frontera irregular”. La capacidad de la IA no es una línea limpia que separa lo que sabe hacer de lo que no, sino un borde lleno de entrantes y salientes, de manera que te resuelve con brillantez una tarea que parecía dificilísima y luego se equivoca de forma ridícula en algo que un becario haría sin pestañear.

Y la habilidad que más valor tiene hoy, según esos investigadores, es precisamente saber dónde está ese borde, y tener el criterio suficiente para darte cuenta de cuándo la IA se ha pasado al otro lado.

Eso no se aprende en un curso de prompts de dos horas.

Se aprende con contexto, con conversaciones con clientes, con errores revisados en voz alta y con alguien que te enseñe por qué ese borrador perfecto no se puede mandar. Y ese alguien, en tu empresa, eres tú o es la gente que tú elijas para ello.

Lo que yo haría mañana en tu empresa

En mi experiencia trabajando con empresas de todos los tamaños, el error más caro no es no usar IA, es usarla mucho y no haber diseñado cómo aprende tu gente ahora que ya no hace el trabajo de aprendiz.

Así que yo haría algo muy sencillo. Coge las tareas que la IA ya hace por tu equipo, los resúmenes, los borradores, los informes, y conviértelas en ocasiones de aprendizaje: que la persona que ha generado el documento te explique qué cambiaría ella antes de enviarlo y por qué, y que tú le cuentes lo que cambiarías tú. Diez minutos de esa conversación enseñan más contexto que tres meses haciendo tablas a mano.

Y la IA deja de ser un atajo para convertirse en un aula.

 

El camino que eliges

Al final, la conclusión del artículo de Superhuman es tan sencilla como potente: que la IA se encargue de lo que hace bien, lo rutinario y lo mecánico, y que las personas se queden con las decisiones que requieren juicio, relaciones y comunicación, porque las empresas y los profesionales que inviertan en el lado humano serán los que más destaquen.

Así que tienes dos caminos delante. Puedes seguir midiendo a tu equipo por lo rápido que produce documentos con IA, felicitando al becario por el informe que hizo en una mañana, o puedes empezar hoy a medirle por lo bien que decide qué de todo eso merece salir por la puerta y por qué.

El primero te da velocidad.

El segundo te da una empresa que piensa.

Elige cuál de los dos quieres tener dentro de dos años.

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Juan Merodio


Juan Merodio es conferenciante internacional y emprendedor en innovación, IA y negocio. Con más de 20 años creando y liderando empresas, ha impartido más de 1.000 conferencias en España, Estados Unidos, Japón y Latinoamérica. Fundador de TEKDI y autor de 16 libros. Pero si algo lo define no es su currículum, sino su capacidad para ver lo que viene… y construirlo antes que nadie.

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