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Cómo crear automatizaciones de IA con Claude Cowork


10 de agosto | Por Juan Merodio

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Hace unas semanas, al terminar una sesión con la comunidad de TEKDI, se me acercó un director de marketing que quería enseñarme algo con cierto orgullo contenido, de esos que se notan aunque uno intente disimularlos. Había construido una biblioteca de prompts. Trescientos y pico, ordenados por carpetas, con etiquetas de colores y un sistema de versiones que ya me habría gustado ver en algunos departamentos de producto por los que he pasado.

Le pregunté cuánto tiempo dedicaba cada día a usarla.

Unas tres horas, me dijo. Y lo dijo como quien anuncia una victoria.

Le contesté lo mismo que voy a contarte a ti ahora, y no le hizo especial gracia: esa biblioteca preciosa que había construido durante meses era la prueba irrefutable de que seguía haciendo él todo el trabajo.

automatizaciones de IA con Claude Cowork

 

La realidad es que la inmensa mayoría de profesionales sigue relacionándose con la inteligencia artificial exactamente igual que en noviembre de 2022, cuando ChatGPT irrumpió en nuestras vidas y todos nos quedamos con la boca abierta ante un chat que escribía correos. Escribes una instrucción, recibes una respuesta, la lees, la corriges, escribes otra instrucción y vuelta a empezar. Una partida de ping-pong infinita en la que tú siempre tienes que devolver la bola, porque si sueltas la pala durante treinta segundos el juego se detiene por completo.

Y mira, todo eso está bien. Ha servido para que millones de personas descubrieran de qué va esto. Pero si tu forma de trabajar con IA en 2026 sigue siendo esa, lo que has conseguido es un empleado carísimo al que tienes que dictarle cada movimiento del ratón mientras tú te conviertes en el cuello de botella de tu propio departamento.

Lo que yo estoy viendo en las empresas que van en serio con esto es un cambio de categoría, no una mejora incremental. Han dejado de pedirle respuestas a la IA para empezar a entregarle procesos completos.

 

Qué cambia cuando la herramienta deja de esperar tus órdenes

Herramientas como Claude Cowork, que Anthropic presentó a principios de 2026 como una capa de escritorio construida sobre el mismo motor que sus programadores llevaban usando internamente en Claude Code, están abriendo esa puerta a gente que jamás ha tocado una terminal en su vida. Le das acceso a una carpeta de tu ordenador, le describes en lenguaje normal lo que necesitas, y la herramienta construye su propio plan, te lo enseña y lo ejecuta paso a paso mientras tú ves cómo se van marcando las tareas completadas.

 

Hay tres capacidades que separan una plataforma de agentes de un chat de toda la vida, y conviene entenderlas bien antes de gastarse un euro en nada.

La primera es que planifica y ejecuta sola. Tú defines objetivos, restricciones y de dónde salen los datos. La máquina se encarga de decidir el orden de los pasos y de recorrerlos sin que tengas que estar encima confirmando cada movimiento, salvo en las acciones sensibles, donde te pide permiso explícito antes de tocar nada.

La segunda es la memoria persistente, y esta es la que a mí más me ha cambiado el día a día. Un chat convencional arranca desde cero cada mañana, lo cual equivale a haber contratado a un consultor brillantísimo que sufre amnesia nocturna y al que tienes que volver a explicarle quién eres, a qué se dedica tu empresa y por qué tu manual de marca prohíbe usar la palabra «innovador». Un sistema con memoria guarda todo eso en archivos que puede leer y actualizar entre sesiones, de manera que el contexto se acumula en lugar de evaporarse.

La tercera es el uso real de herramientas. No hablo de que tenga acceso a tus sistemas, hablo de que sepa cuándo debe usarlos: cuándo ir a buscar la transcripción de una llamada, cuándo actualizar la ficha del CRM y cuándo dejarte un borrador de correo esperando en la bandeja.

 

Junta las tres y ya no tienes un asistente. Tienes a alguien trabajando en tu nombre a través de todos los sistemas que has conectado.

 

Dos horas convertidas en diez minutos

Te pongo el ejemplo que más me han copiado los alumnos que pasan por nuestros programas, porque es el que antes se paga solo.

Termina una llamada comercial de descubrimiento y el cliente potencial pide una propuesta. El sistema detecta esa petición dentro de la transcripción de la conversación, investiga por su cuenta a la empresa y al sector, redacta la propuesta completa siguiendo tu formato de siempre, te la pasa para que la revises, incorpora tus comentarios, genera el documento definitivo, actualiza el CRM, lo guarda en Drive y te deja el correo escrito con el PDF adjunto.

Un proceso que se comía dos horas de un comercial senior queda en diez minutos de revisión.

Y ojo con la palabra revisión, porque ahí está la línea que no hay que cruzar. Nada sale por la puerta sin que un humano lo apruebe. La IA hace el noventa por ciento del recorrido y tú pones el criterio, que resulta ser justo la parte por la que te pagan.

 

El cuello de botella nunca fue el modelo

¿Sabes cuál es el error que veo constantemente? La gente se obsesiona con qué modelo usar, con si el nuevo es mejor que el anterior, con comparativas de benchmarks que no van a cambiar absolutamente nada en su cuenta de resultados. Y luego describen lo que quieren automatizar en cuatro líneas mal escritas.

Esos modelos ejecutan de maravilla. Lo que no saben es adivinar lo que tú tienes en la cabeza y no has sabido poner por escrito.

Por eso el trabajo de verdad está en los requisitos. Si defines con precisión de dónde salen los datos, cómo fluye el proceso, qué sistemas hay que tocar y qué aspecto debe tener el resultado final, la implementación se resuelve en minutos. Si lo defines a medias, vas a quemar tiempo, dinero y paciencia persiguiendo un fantasma.

Hay un truco muy poco intuitivo que funciona demasiado bien: en lugar de escribir tú el documento de requisitos, pídele a la IA que te entreviste. Le explicas la idea general y dejas que te haga cuarenta preguntas incómodas durante media hora larga, esas preguntas sobre casos límite y excepciones que tú habrías esquivado alegremente. De ahí sale un documento de treinta páginas que no necesitas leerte entero, porque cada línea procede de una respuesta tuya. Pides un resumen ejecutivo, lo validas y a construir.

Con ese documento delante, la pregunta siguiente es por dónde empezar, y aquí el criterio humano manda: se identifica la pieza que da un resultado rápido sin arrastrar demasiada complejidad y se construye eso primero. En el ejemplo de la propuesta comercial, lo único que se montó al principio fue convertir la transcripción en un documento escrito. El CRM, el correo y el almacenamiento llegaron después, cuando ya se había demostrado que aquello funcionaba.

 

Cómo se enchufa Claude a lo que ya tienes montado

Lo primero es la carpeta, y esto es más importante de lo que parece. Yo trabajo con una carpeta madre y subcarpetas por proyecto, conectando siempre desde arriba, porque así el sistema puede navegar hasta el contexto que necesite en cada momento. Al mismo tiempo, la herramienta solo ve lo que hay dentro de esa carpeta, lo cual te da una frontera de seguridad clarísima sin necesidad de montar ninguna política corporativa de sesenta páginas.

A partir de ahí, para conectar con el resto de tus sistemas hay una jerarquía que te recomiendo respetar en este orden exacto.

Empieza siempre por los conectores oficiales, que son los que la propia Anthropic ha desarrollado y mantiene para plataformas como Drive, Notion, Asana o Monday. Si no existe conector oficial, mira si el fabricante del software ha publicado su propio MCP, ese estándar abierto que funciona como el enchufe universal de la IA: alguien construye la integración una sola vez y cualquier plataforma se conecta después en segundos. Si tampoco lo hay, puedes pedirle a la propia IA que te construya uno a partir de la documentación de la API, guardando las credenciales en el llavero del sistema para que ni siquiera ella tenga acceso directo a las claves. Y cuando no exista absolutamente ninguna vía formal, queda el navegador: la extensión de Chrome permite que abra páginas, haga clic y navegue por los menús como lo harías tú, parándose a pedirte que introduzcas la contraseña cuando llega a una pantalla de login.

Ese último recurso, el navegador, es feo, es lento y es frágil. También es el que te desatasca en veinte minutos un proceso que llevabas seis meses posponiendo.

Elige

Puedes seguir ampliando tu biblioteca de prompts hasta los mil, ordenarlos por colores y sentir esa satisfacción tibia de estar al día mientras dedicas tres horas diarias a hacer de intermediario entre una máquina y tu propio trabajo.

O puedes coger ahora mismo la tarea que más detestas de tu semana, la que se repite, la que te come la mañana del jueves, y sentarte a describirla con la precisión con la que se la explicarías a alguien que acabas de contratar.

Una de las dos cosas te va a devolver el tiempo. La otra te va a mantener ocupado.

Abre el calendario y bloquea esa hora.

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Juan Merodio


Juan Merodio es conferenciante internacional y emprendedor en innovación, IA y negocio. Con más de 20 años creando y liderando empresas, ha impartido más de 1.000 conferencias en España, Estados Unidos, Japón y Latinoamérica. Fundador de TEKDI y autor de 16 libros. Pero si algo lo define no es su currículum, sino su capacidad para ver lo que viene… y construirlo antes que nadie.

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