Cómo he creado mi cerebro digital con IA
12 de febrero 2026
19 de octubre | Por Juan Merodio
Hace unas semanas, en el café de después de una conferencia en Bilbao, el director general de una empresa de logística de unas cuarenta personas me apartó un poco del grupo, bajó la voz como quien va a contar algo que le avergüenza un poco, y me hizo una pregunta que no tenía nada que ver con su empresa y, a la vez, tenía que ver con todo lo que yo acababa de contar encima del escenario: “Juan, mi hija termina el bachillerato este año y quiere estudiar informática, pero todo el mundo me dice que la IA ya programa sola, así que dime la verdad, ¿le estoy dejando meterse en una carrera que no va a servir para nada?”.
Le contesté con otra pregunta: qué había estudiado él.
Ingeniería industrial, me dijo, hacía casi treinta años. Y entonces le pregunté cuánto de lo que hacía hoy cada mañana en su empresa lo había aprendido en la facultad.
Se quedó pensando un buen rato.
“Casi nada”, me dijo. “Lo que sí aprendí allí es a pensar”. Y ahí estaba la respuesta que había venido a buscar, solo que todavía no se había dado cuenta de que ya la tenía.
Esta conversación me vino a la cabeza de golpe al leer lo que plantea Demis Hassabis, el responsable de DeepMind, sobre la habilidad que va a marcar la diferencia en los próximos diez años, porque su tesis, que es muy sencilla de enunciar y bastante más incómoda de digerir, dice que lo más valioso de la próxima década no va a ser dominar una herramienta concreta, ni un lenguaje de programación, ni una plataforma de moda, sino la capacidad de aprender cosas nuevas extremadamente rápido.
Léelo otra vez, porque tiene más miga de la que parece.
Su argumento se apoya en cuatro ideas muy concretas que conviene tener delante. La primera es que la velocidad del cambio es tan salvaje que un grado universitario de informática de tres años ya no puede seguir el ritmo del mercado, porque cuando terminas el último curso lo que aprendiste en el primero ya se ha movido de sitio. La segunda es que la IA va a democratizar la programación y la va a poner al alcance de millones de personas sin formación técnica formal. La tercera, que parece contradecir a la anterior y no lo hace, es que esas mismas herramientas permitirán a los ingenieros multiplicar por diez su capacidad de producción actual. Y la cuarta es la conclusión que recoge las otras tres: la habilidad fundamental no será conocer una tecnología, será aprender información nueva a toda velocidad.
Y mira, si tienes una empresa y piensas que esto va de programadores, te equivocas de cabo a rabo.
Esto va de ti, de tu equipo y de la forma en la que has decidido, quizá sin darte cuenta, que tu negocio aprende.
Lo que describe Hassabis es una bifurcación del mercado laboral, y lo interesante es que ninguna de las dos ramas es mala noticia. Por un lado, la barrera de entrada para crear software cae prácticamente a cero, de manera que cualquiera con una idea clara y algo de paciencia podrá construir una herramienta para su negocio sin tener que pedir presupuesto a nadie. Por el otro, el techo de lo que puede producir un perfil técnico de verdad se dispara hasta un punto que hace pocos años habríamos considerado ciencia ficción.
La comparación que se usa para explicarlo es la de internet, y me parece perfecta.
En 1998, si querías tener una página web, o sabías escribir código o pagabas a alguien que supiera. Hoy cualquiera monta una tienda en Shopify en un par de horas, con su catálogo, su pasarela de pago y su dominio. ¿Y qué ha pasado con los ingenieros que construyen la infraestructura sobre la que funciona todo eso? Que ganan más que nunca. La democratización de la base no ha hundido la cúspide, la ha elevado, porque cuantas más personas construyen encima, más valor tiene quien sostiene lo de debajo.
Esto lo veo constantemente con clientes que me dicen, medio en broma y medio en serio, que ya no necesitan a nadie técnico porque ahora “lo hace la IA”.
Les doy la razón a medias.
Es verdad que tú, que no has escrito una línea de código en tu vida, puedes construir hoy una pequeña aplicación para gestionar las devoluciones de tu tienda o un panel que te ordene los pedidos pendientes. Pero en cuanto esa aplicación empiece a tocar datos de clientes, facturación o procesos críticos, vas a necesitar a alguien que entienda lo que está pasando por dentro, y esa persona va a valer muchísimo más de lo que valía antes, porque va a poder hacer en una semana lo que antes le costaba un trimestre.
Aquí viene lo que más me gusta de todo el planteamiento, y es que Hassabis, que tendría todos los motivos del mundo para decir que ya no hace falta aprender a programar porque las máquinas lo hacen solas, sigue recomendando estudiar matemáticas y programación. ¿Por qué? Porque aprender a programar hace tiempo que dejó de consistir en memorizar la sintaxis de un lenguaje y pasó a consistir en algo mucho más profundo, que es aprender a estructurar el pensamiento lógico, a descomponer un problema grande en piezas pequeñas y a entender por qué una solución funciona y otra no.
Delegar el código a un modelo es comodísimo. Yo lo hago y te animo a que lo hagas.
Pero entender la arquitectura que hay debajo es lo que te permite auditar lo que el modelo te devuelve, y ese matiz, que parece técnico, es exactamente el mismo que te encuentras en marketing, en finanzas o en atención al cliente. Si le pides a una IA un plan de campañas y no sabes leer un embudo, aceptarás lo que te dé. Si le pides una previsión de tesorería y no entiendes de dónde salen los números, la firmarás con los ojos cerrados. La herramienta escribe; tú decides si lo escrito tiene sentido.
Y para decidir eso hace falta cabeza, no botones.
Volviendo al director de Bilbao, le dije que dejara a su hija estudiar informática con toda la tranquilidad del mundo, pero que la carrera no iba a ser el final del aprendizaje sino el entrenamiento para todo lo que vendría después, igual que su ingeniería industrial no le enseñó a dirigir una empresa de logística pero sí le enseñó a pensar como alguien capaz de aprender a dirigirla.
Ojo con este matiz, porque es el que más se malinterpreta. Cuando Hassabis habla de aprender a aprender no se refiere a consumir vídeos de diez minutos con títulos del tipo “domina esta herramienta en una tarde”, ni a acumular cursos que se quedan a medio ver en una pestaña del navegador. Se refiere a algo bastante más exigente: la capacidad de leer documentación técnica nueva, de entender arquitecturas que acaban de aparecer y de adaptar tu forma de pensar, tu stack mental, en semanas en lugar de en años.
Hay una diferencia enorme entre ver un partido desde el sofá y saltar al campo.
En TEKDI lo comprobamos cada vez que cambia algo importante en las herramientas de IA. Hay quien espera a que alguien le haga un resumen masticado, que suele llegar tarde y simplificado, y hay quien se va directamente a la fuente, abre la documentación oficial, prueba el cambio con un caso real de su negocio esa misma tarde y al día siguiente ya está explicándoselo a su equipo. Los dos tienen acceso a la misma información. Lo que cambia es el método, y con el método cambia la velocidad, y con la velocidad cambia la ventaja.
Pensarlo de otra manera es como intentar viajar hoy por España con el mapa de carreteras que guardabas en la guantera en 1998, perfectamente doblado, con sus carreteras nacionales y sus autovías que todavía no existían, mientras el resto de conductores lleva un navegador que recalcula la ruta cada vez que cambia algo en el camino. El mapa no está mal hecho. Simplemente es de otra época, y tú sigues conduciendo con él porque te costó mucho aprender a leerlo.
Conviene ser muy claro con esto para no caer en el alarmismo de siempre. Nada de esto jubila al desarrollador que entiende el negocio que hay detrás del código, ni al responsable de marketing que entiende a sus clientes, ni a la directora financiera que sabe por qué una cifra no cuadra aunque la hoja de cálculo diga que sí. Esas personas van a vivir, de hecho, su mejor década profesional, porque van a tener a su disposición una capacidad de ejecución que antes era impensable.
Lo que sí se jubila es un modelo mental muy concreto.
El de estudiar una carrera a los veinte años y vivir de las rentas de ese título durante cuatro décadas, como quien hereda un piso y se dedica a cobrar el alquiler sin volver a pintar las paredes. Ese modelo funcionó para la generación de nuestros padres y, en parte, para la nuestra. Ya no da para más, y la buena noticia es que lo que lo sustituye es mucho más interesante, porque convierte cada año de tu vida profesional en una oportunidad de volver a empezar algo con ventaja.
Si diriges un negocio, la conclusión práctica no es que tengas que mandar a todo tu equipo a hacer un máster, sino que tienes que empezar a medir y a premiar una cosa que hasta ahora probablemente ni mirabas: la velocidad a la que tu gente aprende algo nuevo y lo convierte en resultado. Cuando contrates, pregunta menos por las herramientas que alguien domina y más por la última cosa que aprendió sola y cuánto tardó en aplicarla. Cuando formes a tu equipo, sustituye una parte de los cursos genéricos por tiempo reservado para ir a la fuente, leer la documentación de lo que usáis y probarlo sobre un problema real de la empresa. Y cuando tú mismo te enfrentes a algo nuevo, resiste la tentación del resumen y dedica una hora a entenderlo por dentro.
En mi experiencia, las empresas que mejor están aprovechando la IA no son las que tienen más licencias contratadas.
Son las que han convertido aprender en una costumbre de los martes, no en un evento de una vez al año.
Hablo de esto a menudo en el podcast “Negocios en Crecimiento”, y siempre llego a la misma conclusión cuando repaso los casos de quienes avanzan más rápido: no son necesariamente los más brillantes ni los que más saben, son los que menos miedo le tienen a no saber todavía algo y más rápido se ponen a remediarlo.
Así que tienes delante una elección bastante clara. Puedes seguir confiando en lo que aprendiste hace años, en el título enmarcado del despacho y en la experiencia acumulada, que vale mucho, esperando a que las herramientas dejen de cambiar para ponerte al día de una vez. O puedes aceptar que las herramientas no van a dejar de cambiar nunca, y convertir esa certeza en tu mayor ventaja, haciendo de la velocidad de aprendizaje, la tuya y la de tu equipo, la habilidad que más cuidas de toda tu empresa.
El primer camino es cómodo durante un tiempo.
El segundo es el único que no caduca.
Empieza esta semana.
Juan Merodio
Juan Merodio es conferenciante internacional y emprendedor en innovación, IA y negocio. Con más de 20 años creando y liderando empresas, ha impartido más de 1.000 conferencias en España, Estados Unidos, Japón y Latinoamérica. Fundador de TEKDI y autor de 16 libros. Pero si algo lo define no es su currículum, sino su capacidad para ver lo que viene… y construirlo antes que nadie.
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